El niño herido

Tanto si lo conocemos como si no. Tanto si se ve como si está escondido, tanto si lo acogemos como si lo rechazamos, todos tenemos en nuestro interior un niño asustado y herido.

Incluso aunque llevemos años de desarrollo personal o espiritual, en todos permanece la huella del niño que fuimos; de los abusos recibidos contra nuestra necesidad de ser cuidados y arropados, de sentirnos seguros y de ser autónomos; de los traumas de nuestros padres; de las creencias irracionales de nuestra cultura…

Los valores de nuestra sociedad fomentan que vivamos negando esta realidad. Cuando uno atina a ver – ni que sea de lejos - su propia fragilidad, se encuentra que no tiene referentes ni pistas de qué narices hacer con ella. Así que simplemente hace lo que a todos nos han dicho; tirar para delante desde la autoexigencia, la disciplina emocional y el “que no se note”.

Para los que un día decidimos que no queríamos seguir compensando nuestro niño herido con mecanismos defensivos sino que elegimos sanar nuestras heridas, el camino ha sido a la inversa. Dejar de tirar para delante a base de taparle la boca al niño. Dejar de tratarlo como una piedra en el zapato y aprender a escucharlo, acogerlo y respetarlo.

Por más que muchos intenten trascender el dolor sin tocarlo, el único modo de sanar las heridas es adentrarnos en ellas. No hay atajos y por supuesto no se puede hacer el camino sin mojarse.

Tanto si te gusta como si te jode. Tanto si te atreves como si te aterra. Tanto si me crees como si lo dudas…

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